Ética y Abogacía

25 octubre, 2017
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Por: Willy Ramírez Chávarry*

En el medio que vivimos, casi a diario nos enteramos que «tal» o «cual» abogado cometió algún fraude o engañó a una persona con el fin de llenar sus bolsillos, haciendo que cada día que pase, los abogados sigan teniendo la fama de ser considerados «estafadores» o «timadores del derecho». Sin embargo, pese a que existen estos pésimos abogados que para nada son dignos de la profesión que llevamos, aún existen abogados que hacen bien su trabajo. Aún tenemos a abogados que día a día se esfuerzan por dar lo mejor de sí en cada caso que se les presenta, preponderando siempre alcanzar la justicia y salvaguardar la dignidad humana. Parece difícil de creer o vanas palabras, pero aún existen profesionales que están a la altura y el prestigio que han logrado, gracias a su digno trabajo.   No obstante, debemos defender los casos que llegan a nuestro despacho, porque salvaguardar y velar por los derechos de nuestro patrocinado, es la misión principal que como abogados tenemos. Sin embargo, saber qué casos tomar y qué casos no, es otra cosa, pertenece a un criterio de decisión personal, en donde no se vea el dinero que el patrocinado esté dispuesto a pagar, sino que se tiene que ver, que la causa a defender sea justa y no algo denigrante. Aunque todas las personas merecen su derecho a la defensa, no todas las personas pueden ser defendidas por varias razones. Y es precisamente aquí, donde se ve la ética del abogado.

Para que un abogado actúe en el ejercicio profesional de la carrera con ética, lo primero que tiene que saber, es buscar la independencia profesional, ya que esta le dará un plus al ejercicio de la abogacía de manera justa y fidedigna.  El abogado debería aplicar tal independencia en su función profesional, si tan solo pudiera disponer de buen criterio en la libertad de decisión, esto es, que el abogado debe ser consciente en todo momento de los casos que debe llevar y las audiencias a las que tiene que presentarse.

¿Por qué preocupa mucho el aspecto de la independencia del abogado en nuestro tiempo? Por la misma razón que solo esta, puede otorgar independencia de justicia. Entendemos pues, que los abogados somos los primeros llamados –de donde viene el latín advocatus, que significa “el llamado” – en defender las causas dignas y justas, ya que nuestra profesión así lo exige, por lo mismo que rescata el servicio de los valores que dignifican y rigen el comportamiento del hombre. De todas las profesiones, solamente el ejercicio del derecho es el único que se preocupa por alcanzar el máximo de todos los ideales de la república de Platón, como lo es, la justicia. El médico puede salvar vidas, pero el abogado puede salvar el alma, en el sentido, que cuando se lucha por una causa noble y justa, la tranquilidad y paz que encuentra nuestro patrocinado cuando su caso ha sido bien defendido y ganado, le devuelve el alma al cuerpo. Solamente un abogado que actúa con ética profesional, es capaz de luchar contra las severas y filosas garras de la injusticia, contra el despotismo más cruel a donde pueda llegar la bajeza de la condición humana –como en aquellos casos que los hijos quieren botar a los padres de sus casas para quedarse con todo– y en toda causa donde los derechos del individuo se vean amenazados y vulnerados, es ahí donde el abogado se convierte en el defensor par excellence, y arremete contra todo ello, sin temor a nada.

Es aquí donde el abogado debe luchar por rescatar los máximos estandartes de los valores e ideales nobles forjados no para quedarse en un mundo ideal, sino hacerlos pisar tierra, porque la justicia, es hic et nunc, no en trasmundos, ni falsos paraísos. Esta es otra de las razones por la cual el jurista francés Andruet, solía decir que la independencia del abogado forma parte del valor al cual pertenece su ethos en la profesión, razón por la cual, debe existir más que una mera relación laboral entre el patrocinado y el abogado, un compromiso.

Quizá en nuestro país, aún nos falta mucho por mejorar en la profesión jurídica, pero si hacemos un breve comparativo con otras naciones, veremos que el abogado cuenta con plena independencia y libertad en todo el rigor de la palabra, la misma que lo faculta a poder aplicarla en la profesión. Otras naciones comparten esa libertad del abogado, dentro de su actuación en los juzgados y tribunales –como en el caso de la ley orgánica del poder judicial español– pues la pregunta que nos hacemos como abogados peruanos es ¿por qué no hacer lo mismo en nuestro ordenamiento jurídico? Somos capaces de copiar códigos y leyes de otros países para adecuarlos a nuestro contexto socio-jurídico, pero no somos capaces de copiar lo mejor que hay en otras legislaciones y aplicarlos en nuestra realidad. La independencia y plena libertad del abogado en el ejercicio de sus funciones, no ayudan a los intereses, quizá políticos, quizá socio-económicos de nuestro país, y por ello, aquí el abogado, no es libre del todo y cada vez menos, son los abogados que optan por ser independientes, ya que la gran mayoría prefiere trabajar agachando la cerviz y sirviendo como el copero de Júpiter, al Estado. Buscan una pensión fija, un sueldo estable, a costas de perder su libertad e independencia. Vivir así, es perder más que la libertad e independencia para el abogado, lo vuelve en un ser que pueda ser mandado, perdiendo todo estribo de la ética profesional.

Estimados colegas agremiados, no perdamos nuestra libertad e independencia como abogados que somos y sigamos trabajando con honra, disciplina y dignidad humana, para mostrar a muchos que aun, existen abogados capaces de ser los mejores en su profesión, capaces de llevar los procesos y defenderlos de manera justa y legal, alejado del escrutinio y la ignominia con la cual estamos vistos, y demostrando que somos todo lo contrario.

*Ph.D. Abogado – Doctor en Derecho

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